Celebrando los setenta años de Andrés Pérez Araya. Segunda parte.

Celebrando los setenta años de Andrés Pérez Araya. Segunda parte.

10 de Enero de 2021

POR VÍCTOR HERNÁNDEZ, PARTE DEL EQUIPO DE DERIVA DE CAZUELA CON LUCHE, PROYECTO DE LA REGIÓN DE MAGALLANES QUE FORMA PARTE DEL PROGRAMA TERRITORIOS CREATIVOS.

En nuestra crónica anterior, compartimos con nuestros lectores algunos aspectos esenciales de la vida y de la obra del gran artista magallánico Andrés Pérez Araya (1951-2002) fallecido prematuramente a los cincuenta años.

Dijimos que su infancia la vivió en el antiguo Barrio Yugoslavo –hoy croata- de Punta Arenas, y que luego de una estadía en Tocopilla y La Serena, ingresó, a principios de 1971 a estudiar en la Facultad de Artes de la Universidad de Chile. Agregamos, casi como anécdota, el hecho que el autor finalizó su enseñanza media con un promedio de 6,87, uno de los más altos de su generación.

Señalemos también, que siendo estudiante secundario inició su labor como dramaturgo y activista social, al comprobar la discriminación y la injusticia que observó en el norte del país hacia los estudiantes humildes, las minorías sexuales, las mujeres y en general, hacia los trabajadores, lo que despertó sus condiciones innatas de liderazgo. En la importante tesis de Carlos Castañeda Cuatindoy, estudio válido de 2017 para optar al grado de Magister en Artes con mención teatral de la Universidad de Chile, titulado “De Ariane Mnouchkine a Andrés Pérez: un estudio comparado de sus poéticas directoriales”, aprendemos que Andrés Pérez creó en Tocopilla el grupo de teatro compuesto por alumnos de Educación Media, “ATELIT” (Agrupación Teatral del Liceo de Tocopilla). De esta experiencia juvenil quedaron como testimonio dos piezas breves: “El undécimo mandamiento” y “Si yo digo lo que ustedes no dicen ¿qué pasa?

Por su ascendencia con el estudiantado, llegó a ser elegido presidente del Centro de Alumnos de aquel establecimiento. Muchos años más tarde, este creador recordó imágenes e impresiones que influyeron en su formación artística, tal vez por el hecho de haber vivido su infancia y su juventud en los extremos norte y sur de Chile:

“Punta Arenas es el país de mi infancia, de una niñez feliz sin responsabilidades ni preocupaciones del futuro. Se vive mucho “hacia adentro” lo que conlleva una vida familiar muy rica en sentimientos y comunicación. Todo esto lo valoré aún más cuando llegamos al norte, donde por el tipo de clima se vive hacia afuera con lazos familiares y afectos muy distintos”.

Anotamos además, que Andrés Pérez sobrevivió a duras penas después del golpe de Estado en septiembre de 1973. Sin embargo, luego de titularse en 1977 como director teatral en la U. de Chile, nuestro autor sobresalió entre los artistas de su generación, como actor, bailarín y coreógrafo, cualidades que lo llevaron a participar a fines de esa década, de los elencos estables en la compañía de revistas “Bim Bam Bum”, en el programa de televisión “Sábados Gigantes” y de ser pionero en el proyecto ideado por el Ministerio de Educación, para crear la Compañía de Teatro Itinerante.

Uno de los momentos más significativos para el artista fue ver por primera vez la puesta en escena en Santiago de una obra suya. En 1979, la Compañía Los Comediantes, con la dirección de Roberto Navarrete, estrenó la pieza dramática nacida en su niñez, inspirada en sus vivencias de Punta Arenas, “Las del otro lado del río”. Andrés Pérez siempre sostuvo que revivir esa experiencia fue al mismo tiempo, “impresionante, dolorosa y feliz”.

Pensamos que en los años venideros, este creador magallánico alzó el vuelo propio, primero, al fundar junto con otros artistas el Teatro Urbano Contemporáneo (Teuco) con la búsqueda de desacralizar el montaje dramatúrgico para producir un cercano y verdadero encuentro entre actores y espectadores. Esta propuesta creativa que implicaba la realización de sucesivas intervenciones en la realidad cotidiana, nació en víspera de navidad, un 24 de diciembre de 1980 y terminó con Pérez y su Compañía presos, acusados de alterar el orden público. En reiteradas ocasiones, el director reflexionó sobre ese momento histórico:

“En nuestro trabajo, el teatro callejero que pretendía rescatar las calles, nosotros decíamos: “Las calles son nuestras”. Ese era nuestro lema. Por eso salíamos a las calles y decíamos que éramos actores universitarios, -reivindicábamos eso- que no teníamos dinero para arrendar salas, pero que la calle era el lugar. Entonces hablábamos, era un acto político hacer eso. Rescatar el hecho de que las calles son un lugar de las personas, que las calles son también para hacer teatro, entre otras muchas cosas que se pueden hacer, y que también son para juntarse, para hacer una fiesta”.

De acuerdo a la investigación de Castañeda Cuatindioy, la producción dramatúrgica de Andrés Pérez en el período de 1981-1982, se circunscribe a la elaboración colectiva y, a la dirección de las obras “El viaje de José y María a Belén”; “Iván el imbécil”; “Acto sin palabras”; “El sueño de Pablo”; “Acerca del trabajo”; “El Principito”; “Alicia (Las maravillas que vio en el país)”.

Esta mirada irónica y hasta cínica de representar lo que ocurría en el Chile de esos años, se radicalizó en 1983 con los montajes “Amerindias”, “El ciclo burgués”, y sobre todo con la obra escrita y dirigida por el mismo Andrés Pérez, “Bienaventuranzas”.

A nosotros, nos parece en segundo término, que la iniciativa de hacer teatro callejero con fuerte denuncia social, a través de sofisticadas y novedosas coreografías, en plena época de dictadura cívico militar, guarda algunos puntos de contacto con el teatro obrero producido en Chile en los albores del siglo XX. Esta lúdica propuesta estética se vio enriquecida con la beca que privilegió al actor para especializarse en el Theatre du Soleil, en París, Francia.

La experiencia adquirida por seis años en esa institución gala le permitió a Andrés Pérez, incrementar e incorporar a su consabida capacidad creativa, nuevas técnicas de actuación y de dirección teatral, que dieron vida –una vez retornado su autor a Chile- al colectivo conocido como “Gran Circo Teatro”, con su innovadora propuesta escenográfica, la cual, reunió distintos elementos extraídos de otros lenguajes artísticos.

Claves de representación en el Gran Circo Teatro.

En nuestra crónica de la semana pasada describimos el impacto que significó para el mundo del teatro el estreno de “La Negra Ester”. A menudo suele decirse que hay un antes y un después en la historia de la dramaturgia nacional, luego de la aparición de esta pieza artística. La obra recibió en 1989 el reconocimiento como el mejor montaje del año, además de varios premios Apes: Rosa Ramírez, como mejor actriz; Boris Quercia, como mejor actor y Andrés Pérez, como mejor director. En 1990, se le otorgó el Premio Ollantay en España. El jurado catalogó a la obra como un “Nuevo aporte latinoamericano”. Y en 1991, recibió el Premio al Participante Destacado en el XIX Festival Internacional Cervantino, en México.

En paralelo al éxito ascendente de “La Negra Ester”, Andrés Pérez preparaba un nuevo montaje. Pensado como un espectáculo para ser representado a la manera de las antiguas superproducciones cinematográficas que abordaban el tema histórico, la creación colectiva “Época 70: Allende” significó una revisión completa basada en documentos, testimonios, discursos del período de la Unidad Popular (1970-73) y, en especial, la reconstrucción de la compleja personalidad del líder Salvador Allende y de su proyecto político “La vía chilena al socialismo”.

La obsesión de Andrés Pérez por el teatro de William Shakespeare siguió incólume, y la mejor muestra de su preocupación por corporizar distintos personajes y de escenificar obras del dramaturgo inglés se manifestó en los magníficos montajes de “Noche de Reyes” y de “Ricardo II”. Ambos trabajos fueron estrenados en el Teatro Esmeralda de Santiago, los días 26 y 27 de enero de 1992. Fue una acertada demostración visual de contrastes. Mientras en “Noche de Reyes” se enfatiza en el dolor por el amor perdido, en “Ricardo II” se hace hincapié en la vanidad y el egoísmo del ser humano, cuando aparece la lucha por el poder, la desconfianza y la deslealtad.

Para su siguiente proyecto, Andrés Pérez debió esmerarse aún más. Hemos consignado que una de las mayores fuentes de inspiración para este artista se hallaba en el particular vínculo que sostuvo desde niño con la religión. Nosotros creemos, que las visitas que realizó a Magallanes en 1989 con el propósito de promocionar a “La Negra Ester”, despertó en el artista la revalorización del estudio de la problemática indígena, elemento que siempre fascinó al autor. “La historia de los indígenas del sur es como algo callado que se cuenta con vergüenza y sin embargo, con un fondo de nostalgia”.

Enriquecido con los mitos y leyendas de los indígenas de la Patagonia, y con el redescubrimiento que hubo en Magallanes de la cultura selknam, debido en gran medida a las publicaciones que mensualmente entregaba la revista “Impactos”, Andrés Pérez comenzó a incubar las ideas que relacionaban a los pueblos originarios de Tierra del Fuego, onas y haush preferentemente, con los habitantes de la región de Quiché, en la actual Guatemala.

De esta manera, fundamentado en una libre interpretación del libro sagrado de la civilización maya, el “Popul Vuh”, la Compañía del Gran Circo Teatro se concentró en producir la primera de las tres partes que componen el texto tradicional de esta milenaria cultura precolombina, que habla del origen del mundo y de la creación del hombre, la cual, según Adrián Recinos -uno de los más importantes estudiosos de esta cultura- fue hecho de maíz, el grano que constituye la base de la alimentación de los naturales de México y Centroamérica.

Andrés Pérez describió este acercamiento en los días previos al estreno en Chile: “Era una obra sobre esos libros secretos; era una visión de la creación del mundo, de algo que en otra época se consideró hereje, diabólico. Entonces ponerlo en escena, plantear a una sociedad que hay otra manera de concebir el mundo, otras formas de vida que son válidas, motivó la polémica”.

La obra fue estrenada en agosto de 1992 en Copenhague, Dinamarca, como preludio de la Exposición Universal de Sevilla que conmemoró los quinientos años de la llegada de Cristóbal Colón a América.

Después de un interregno de algunos años, al que nos referiremos en la próxima y última crónica, Gran Circo Teatro vuelve a reunirse para llevar a las tablas el montaje “El Desquite”. Aquí se tomó como referencia otro trabajo del músico Roberto Parra, con quien, Andrés Pérez fraguó una emotiva relación, basada en el reconocimiento recíproco y en la mutua colaboración, como observamos a continuación:

“El Desquite nace de la idea de un terreno en la cual la vida y la muerte se confundían con personajes que, al morir, permanecían en las casas y lugares donde habían vivido. A don Roberto le gustó mucho y como siempre me repitió “cómo era que yo descubría en su escritura cosas que él había querido plasmar y no siempre había logrado”.

El siguiente paso requirió de otro significativo esfuerzo tanto en lo personal como en lo colectivo. Desde hacía varios años Andrés Pérez estaba trabajando en el estudio sobre la amplia y heterogénea obra del escritor de origen magallánico, Alfonso Alcalde, fallecido trágicamente en 1992. De esta investigación, nació la puesta en escena de “La Consagración de la Pobreza”.

“Hicimos olla común y estuvimos así trabajando casi ocho meses. Los mobiliarios fueron asientos de bases dados de baja, tarros de pintura encontrados en los basurales. Fue trabajar en la pobreza misma. Pero descubrí que hay un gran misterio detrás de la pobreza. Por algo los grandes santos han hecho voto de pobreza”, reflexionaba Pérez.

Otro desafío mayúsculo fue la escenificación de “Madame de Sade”. En esta ocasión, la Compañía revisó las distintas épocas del Teatro Kabuki y del personaje conocido como Onnagata, en que hombres realizan el papel de mujeres. A su vez, Andrés Pérez profundizó las narraciones eróticas de Donatien Alphonse Francois de Sade, más conocido como el Marqués de Sade (1740-1814) e intensificó sus estudios sobre la obra del gran escritor japonés Yukio Mishima (1925-1970). El resultado de este trabajo lo explicó su director con esta síntesis:

“Cada obra ha sido un momento de investigación teatral, y en este caso, fue ver cómo trabajaban en el teatro japonés, donde los hombres se acercan a las mujeres no por imitación, sino por estilización. Más que tender a las formas exteriores se trata de buscar cómo es la llama que anima ese cuerpo de mujer. Y eso fue realizado desde el punto de vista de (Yukio) Mishima y del Marqués de Sade…Era una obra de experimentación, de laboratorio, que hizo su camino y con la que ya estuvimos en Argentina, Colombia y Bolivia, países donde además se elogiaron mucho las máscaras”.

En 1997, sorprendió a mucha gente, al aceptar la propuesta de Malucha Pinto de llevar al teatro la dramática experiencia vivida por esta actriz con su segundo embarazo, cuyo hijo Tomás, nació con un severo daño neurológico. El mismo Andrés Pérez confesó:

“Ha sido una de las obras más difíciles que he dirigido. Una de las labores del director es estar en el mundo que propone el autor, tratar de no traicionarlo. En este caso tratar de meterme en la mente y en el corazón de una mujer. Fue difícil al comienzo. Sólo con ocho meses de trabajo de laboratorio con la Malucha (Pinto) fui comprendiendo su mundo para luego traducirlo arriba del escenario”.

Con “Nemesio Pelao ¿qué es lo que te ha pasao?” Andrés Pérez cierra el ciclo de lo que él mismo denominó “tetralogía de la chilenidad, o identidad nacional” que incluye además, a La Negra Ester”, “Época 70: Allende” y “La consagración de la Pobreza”.

Estrenada en el verano de 1999, Nemesio… es un ambicioso libreto escrito por el joven dramaturgo Cristián Soto, que empleando novedosos recursos literarios narrativos, altera los tiempos, lugares y situaciones en que se desenvuelven los personajes, creando así una pieza teatral con ritmo vertiginoso y delirante, dirigido con maestría por Andrés Pérez, que puntualizó algunos detalles sobre esta creación:

“…La lectura de Nemesio Pelao, ¿qué es lo que te ha pasao? Fue para mí una alegría, un encuentro vital, una exaltación esencial de lo esencial: Un texto conteniendo un mito, armándose alrededor de un mito a través de una intriga formalmente popular, simple, plena de la levedad cotidiana de la vida, empapada de la densidad común de todos los días. Una obra. Una obra que, por hablar específicamente de la vida de un ser humano, habla de todo lo que los seres humanos compartimos: la búsqueda del equilibrio en la utópica tierra original”.

En la crónica de la próxima semana, última de esta secuencia, detallaremos otras creaciones de este notable artista magallánico. Haremos además, una breve introducción sobre algunas ideas del llamado Teatro Social producido en Chile, que inspiraron varios de los elementos que articularon el trabajo de Andrés Pérez. Revelaremos también, las épicas batallas protagonizadas por este creador contra la burocracia estatal para conseguir un gran espacio destinado a la realización de las prácticas artísticas; como asimismo, de su lucha infructuosa con la postulación a los llamados Fondos para las Artes (Fondart), decepciones y desilusiones, que llegaron incluso, a dañar su salud de manera irreversible.

Por último, nos referiremos al proyecto que estamos desarrollando junto a otros profesionales magallánicos, con la fundación Teatro a Mil de Santiago, sobre la multimedia a implementarse desde las próximas semanas, en el Barrio 18 de Septiembre de Punta Arenas.